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Guatapé
Nach unserer Reise nach San Rafael fuhren wir für einen Tag nach Guatapé, um das Leben der Indigenen aus erster Hand zu erleben. Unser Abenteuer fing damit an, dass wir von zwei kleinen Geländewagen abgeholt wurden, die in Deutschland höchstwahrscheinlich nicht einmal durch den TÜV gekommen wären. Unser Gepäck wurde auf dem Dach des Autos getan und einer von den Männern, die uns abgeholt haben, saß dann anschließend auf der Fahrt auch auf dem Dach, um sicherzustellen, dass unsere Rucksäcke nicht runterfallen.
Als wir dann auf einem riesigen Hügel angekommen waren, mussten wir uns zuerst einmal reinigen um ihre heiligen Häuser (La Casa del Pensamiento Ancestral) betreten zu dürfen. Jede*r bekam einen großen Eimer mit heiß gebrühten Zitronen-Wasser, das wir dann anschließend mit einer leeren Kokosschale über unsere Körper gießen sollten. Ich fand das Wasser eigentlich sehr angenehm. Was aber sehr gewöhnungsbedürftig war, waren die Toiletten. Die Wände waren aus einer Art Bambus gemacht, wo man auch prima durchschauen konnte und die Komposttoillette war für einige auch eine Herausforderung. Spiegel waren auch so gut wie nicht vorhanden und das nicht nur in Guatapé, auch in San Rafael, also waren wir zehn Tage spiegellos. Das hat durchaus seine Vorteile, man muss sich keine Gedanken um Haare, Klamotten oder Gesichtsunreinheiten machen.
Das Essen hat auch sehr gut geschmeckt und es war alles aus eigenem Anbau. Die Indigenen bauen alles selber an und sie haben auch ihre eigenen Tiere. Als sie uns ihre Gemüse-, Frucht- und Kräuterbeete zeigten, war ich richtig beeindruckt. Sich komplett selbst versorgen zu können ohne fremde Hilfe, geschweige denn ohne irgendwelche hochverarbeiteten Produkte zu leben ist meiner Meinung nach sehr cool.
Geschlafen haben wir an dem Tag im la Casa Madre (ihr könnt es auf dem Foto im Hintergrund sehen). In der Mitte des Raumes wurde ein Lagerfeuer angezündet, das es sehr gemütlich machte aber auch den ganzen Raum in Rauch hüllte. Als wir schlafen wollten, holte eine Gruppe von Indigenen ihre Instrumente und sie fingen an uns Musik zum Einschlafen zuspielen, aber es war keine leise beruhigende Musik. Es hat sich so angefühlt, als würde ich neben der Bühne von dem Musical König der Löwen liegen. Es war ziemlich laut. Aber dieser Moment aufzuwachen mitten auf einem Berg, umgeben von nichts anderem als der Natur, die gerade erwacht, würde ich um nichts in der Welt tauschen.
Guatapé
Después de nuestro viaje a San Rafael, nos fuimos un día a Guatapé para conocer de primera mano la vida de los indígenas. Nuestra aventura comenzó cuando nos recogieron dos pequeños todoterrenos que probablemente ni siquiera habrían pasado la ITV en Alemania. Pusieron nuestro equipaje en el techo del coche y uno de los hombres que nos recogió se sentó en el techo para asegurarse de que nuestras mochilas no se cayeran.
Cuando llegamos a una enorme colina, primero tuvimos que limpiarnos para entrar en sus casas sagradas (La Casa del Pensamiento Ancestral). Nos dieron a cada uno un gran cubo de agua de limón caliente, que luego nos pidieron que nos vertiéramos sobre el cuerpo con una cáscara de coco vacía. La verdad es que el agua me resultó muy agradable. Pero a lo que costó mucho acostumbrarse fue a los lavabos. Las paredes estaban hechas de una especie de bambú, a través del cual era fácil ver, y el retrete de compost era un reto para algunas personas. Los espejos eran casi inexistentes, no sólo en Guatapé sino también en San Rafael, así que estuvimos diez días sin espejos. Esto tiene sus ventajas: no tienes que preocuparte por el pelo, la ropa o las imperfecciones faciales.
La comida también sabía muy bien y todo era de cosecha propia. Los indígenas cultivan todo ellos mismos y también tienen sus propios animales. Cuando nos enseñaron sus cultivos de verduras, frutas y hierbas, me quedé muy impresionada. En mi opinión, ser capaz de ser completamente autosuficiente sin ninguna ayuda externa, por no hablar de vivir sin ningún producto altamente procesado, es muy guay.
Ese día dormimos en la Casa Madre (puedes verla al fondo de la foto). Había una hoguera encendida en medio de la habitación, lo que la hacía muy acogedora pero también cubría toda la habitación de humo. Cuando estábamos a punto de irnos a dormir, un grupo de indígenas cogió sus instrumentos y empezó a tocarnos música para conciliar el sueño, pero no era música suave y relajante. Me sentía como si estuviera tumbada junto al escenario del musical El Rey León. Era bastante ruidoso. Pero ese momento de despertarme en medio de una montaña, rodeada de nada más que el despertar de la naturaleza, no lo cambiaría por nada del mundo.








